Pentecostés es un tiempo propicio para "re-encontrarse" con el Espíritu Santo.
Tenemos que reconocer que a pesar de ser el don de Dios en nosotros, dentro de nosotros, sigue sin embargo siendo un gran desconocido para muchos cristianos.
Sin embargo es Él quien nos conduce a Cristo, pero no llama la atención hacia sí mismo y sólo se da a conocer por las obras que produce: es fuego que incendia, fuerza de viento impetuoso que sacude, lenguas que se mueven anunciando la grandeza de Dios.
Los cristianos de la primitiva iglesia tenían conciencia de la presencia y poder del Espíritu que habían recibido en Pentecostés.
Hoy necesitamos esa misma conciencia que nos permita ver el accionar del Espíritu en nuestra vida y en nuestra iglesia. |

Bishop Telmor Sartison, ELCIC
and Rev. Angel Furlan, Presidente,
Iglesia Evangélica Luthera Unida |
El Espíritu Santo es el Espíritu de Vida. Él se manifiesta en las obras de Cristo, quien viene para dar vida, que levanta a los muertos, sana a los enfermos y da vista a los ciegos. En el mundo hay demasiadas fuerzas que producen muerte, el Espíritu, en los cristianos, es el don de la vida de Dios para anunciar la vida, una nueva vida, un nuevo mundo, una nueva humanidad. Presencia del Reino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo.
El Espíritu nos hace servidores de la Verdad. Cuando no hay docilidad para dejarnos conducir por el Espíritu surgen las rivalidades en cuando a la verdad y las discusiones sobre quién es el mayor y quién tiene razón. Cuando Él nos conduce somos guiados a la Verdad que es Jesucristo y transformados en servidores de la verdad. Hay una gran diferencia entre ser servidores de la verdad o sentirnos los dueños de la verdad. Los servidores de la verdad siempre encontrarán los caminos del entendimiento y la armonía y manifestarán la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz
El Espíritu no sólo nos anuncia lo que es de Cristo, el también nos capacita para ser testigos, nos da el poder para compartir a Cristo y lo que es suyo.
En el milagro de Pentecostés la barrera del idioma ya no es un obstáculo. Dios tiene un leguaje peculiar para comunicarse con sus hijos: el amor. Muchas conversaciones entre los seres humanos, y desgraciadamente aún en la iglesia, no son nada más que un diálogo de sordos porque se habla el idioma del egoísmo. En Pentecostés cada uno hablaba su propia lengua y se entendían, era el lenguaje del amor, era el lenguaje de Dios.
Es importante destacar que cada uno oía hablar su propia lengua. La iglesia guiada por el Espíritu no es la que obliga a todos a hablar su propio idioma, sino la iglesia que se pone en sintonía con el otro, hablando el lenguaje de la gente. Descubriendo y aceptando la diversidad: partos, medos, elamitas....... o jóvenes, mujeres, doloridos, solos, ancianos, marginados, etc. No desde arriba, condescendientes, sino desde la propia lengua de su prójimo
En comparación con la iglesia de Pentecostés hay una gran ausencia de entusiasmo en nuestro cristianismo.
La Iglesia de Pentecostés sabe cuál es su misión y esa misión la entusiasma profundamente. Los cristianos primitivos no se consideraban a sí mismos funcionarios encargados de transmitir notificaciones de arriba, ellos eran Testigos de la verdad, anunciadores de la vida. Los movía una pasión, un fuego interior encendido por Dios mismo, que los hacía profundamente creíbles.
La iglesia que quiera permanecer fiel a pentecostés no puede quedar satisfecha con un buen funcionamiento institucional que no sea más que la buena administración de las cenizas, sino que tiene que perder el miedo al fuego, no debe tener temor de quemarse dedos y el corazón manejando carbones
ardientes.